domingo, 22 de mayo de 2011

EL CIRUJANO INSTRUIDO

AGUA DE GOULARD 
Thomas Goulard (Francia, s. XVIII)
El médico francés Thomas Goulard redactó mediando el siglo XVIII un curiosísimo tratado que sería traducido al español con el nombre de El cirujano instruido. Modo fácil, y barato de curar casi todas las enfermedades externas con el uso de una sola medicina diferentemente modificada. El autor narra en él sus experiencias ejerciendo la cirugía y la medicina en general, elogia las diferentes preparaciones de los derivados del plomo para su utilización en los hospitales y da cuenta de su gran descubrimiento, el uso del extracto de Saturno para curar un gran número de males. "No es mi ánimo publicar como cosa absolutamente nueva la composicion del Extracto de Saturno; unicamente me he propuesto informar á los Cirujanos, y al Publico los nuevos, y diferentes modos, que he dado á este Extracto, y ponerles delante de los ojos los casos particulares en que se ha practicado con tan felices sucesos, que aun no han acabado de admirar los mismos Cirujanos. Presento pocos razonamientos, pero muchas Observaciones, y casos prácticos que no tienen otro objeto, que la utilidad de los Hospitales, y del Público". El extracto de Saturno, nombre por el que era conocido el acetato de plomo, es un compuesto muy utilizado en medicina en el siglo XVIII, que se aplicaba a diferentes males, como inflamaciones, contusiones, quemaduras, torceduras, dolores reumáticos, herpes o hernias, mezclado con agua, con cera o con aceite.La obra fue traducida del francés al español por José Ignacio Carballo de Castro, miembro de la Real Academia Medico-Matritense y mandada imprimir por primera vez en Madrid en 1774, edición que aquí reproducimos en formato facsímil. El traductor justifica en su prólogo su traducción de la obra de Goulard, ya que experimentó él mismo los efectos del extracto de Saturno y observó sus virtudes, que le convencieron "de la utilidad del asunto, y de la necesidad de publicarlo en Castellano para beneficio de los Pueblos".

jueves, 19 de mayo de 2011

LA MUERTE DE JUANA LA LOCA

En Tordesillas es el último entorno donde transcurre sus últimos días de vida. Unos años ensombrecidos por su enfermedad mental pero a ello se le unió una caída que la deja paraliza de cintura para abajo. Con el paso del tiempo empezaron a salirle llagas de muy difícil curación, apareció la gangrena, con lo cual los dolores se multiplicaban.
Se acercaba el final y el padre San Francisco de Borja consiguió liberarla al menos de  las visiones que tanto la mortificaban. Se pensó que la reina había recobrado la razón.
Las últimas palabras de la reina fueron: “Jesucristo crucificado sea conmigo”. Juana murió el viernes santo de 1555. Al final, la triste cautiva de Tordesillas había escapado a su cautiverio. Al fin Juana la loca era libre.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Dñª Juana la Loca y las llagas

A comienzos del mes de septiembre de 1507 don Felipe jugaba un partido de pelota en Burgos. Cuando termina, sudoroso, bebió agua helada; al día siguiente se sintió con fiebre. Nunca se repuso y el 25 de septiembre de 1507 fallecía. Se propalaron algunas especulaciones sobre la posibilidad de un envenenamiento, que la investigación histórica no ha podido corroborar.



El comportamiento de D. Juana tras el fallecimiento de su esposo constituye la mayor fuente de inspiración para todo tipo de leyendas macabras, muchas de ellas inciertas, pero que, con el paso de los años, contribuyeron a consolidar el personaje de “Dª Juana La Loca”.
Tras el sepelio, la infortunada reina cayó en una gran depresión, D. Fernando, ya sin rival, asume la regencia de Castilla. Para mayor control de la situación decide encerrar a Juana en Tordesillas. Corría el mes de enero de 1509. En 1516 murió el rey, dejando el trono en manos de su nieto, e hijo de Juana, Carlos I de España (aquel niño nacido en el retrete del palacio de Gante) quien en el futuro se coronaría Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el nombre de Carlos V Alemania.
La suerte de Juana no mejoró con el cambio de monarca; su hijo también estaba interesado en que figurase de manera oficial como incapaz, de lo contrario no sería é, el rey, con lo que mantuvo la reclusión de su madre. Allí permaneció el resto de su existencia, vestida siempre de negro y haciendo una vida retirada. Había días en que se la oía llorar llamando desconsolada a su esposo, incluso, algunos sostenían que se la escuchaba dialogar con él como si estuviera presente, todo ello contribuyó a acentuar su problema mental.


El 12 de abril de 1555 fallecía doña Juana, tras ¡46 años! de cautiverio atenuado, cubierto su cuerpo de llagas al negarse a ser aseada y cambiada de ropa. Quizá los celos de la desdichada Juana degenerasen en una leve enfermedad mental, pero esta se vio agravada por las disputas de poder, primero entre su marido y padre y luego su hijo. Todos sus allegados prefirieron el aislamiento de Tordesillas en lugar de intentar la recuperación que, en su caso, pudiese haber sido, al menos, ensayado. Descansa para siempre, junto a su amado Felipe, en el panteón de la Catedral de Granada.

jueves, 5 de mayo de 2011

Ambroise Paré y la Medicina Basada en Evidencias GÓMEZ C.A.,MD.

Ambroise Paré estudia y resume los conocimientos anatómicos de Andreas Vesalio, cuya De humani corporis fabrica había aparecido en 1543. El francés pone al servicio de la cirugía los conocimientos vesalianos que superan los tradicionales errores contenidos en la enseñanza galénica cuya influencia marcara a occidente durante siglos. Paré comprende y aplica el concepto de la hemostasia por medio de la ligadura de vasos sanguíneos arteriales. Erradica el tratamiento de las heridas por cauterización con fuego o con aceite hirviendo. Para ilustración y motivación del lector curioso transcribimos el texto de Paré (3): " ...se me terminó el aceite y me ví obligado a sustituirlo por una emulsión hecha con yema de huevo, aceite rosado y trementina. Durante la noche yo no pude dormir con tranquilidad, temiendo encontrar las heridas, que yo no había podido cauterizar satisfactoriamente al tener que aplicar la anterior emulsión, infectadas por el veneno. Todo esto me hizo levantar de madrugada, para observar a los pacientes. Al verlas me sorprendí. Las que habían sido tratadas con el medicamento no daban dolor ni tumores, ni estaban inflamadas. El enfermo pudo descansar toda la noche. Por otro lado, las que habían sido tratadas con aceite hirviendo, producían fiebre y tumores alrededor de las heridas, acompañados de grandes dolores. Desde este momento, me propuse no quemar tan brutalmente a los pobres heridos por los arcabuces..."